El aroma de tu pelo recién lavado invade mi ser, un olor a
jabón que trae a mi memoria los recuerdos de una isla, un puente que conecta
una tierra de playas y acantilados con esa porción de suelo donde desde tiempos
pasados se halla una fábrica de olores, siguen atropellándome el color blanco de
un gran balneario, los colores del mar en el subir y bajar diario, las bateas
que lanzan la sal al aire. Todavía perduran en mi memoria las conchas de
caracol a más de millón que se agolpan protegidas por grandes setos, una junto
a la otra, resguardando la privacidad de los que se ocultan al común de los
mortales. Jardines llenos de juegos infantiles, ardillas trepando por las altas
palmeras y abriéndose paso ... una ermita tachonada de vieiras y firmas
"aquí estuve yo".
Lo único verdaderamente propio es la mente, esa parte que no
compartimos con nadie, virgen a los ojos de los demás, cueva donde escondemos
NUESTROS recuerdos, NUESTROS miedos, NUESTROS amores prohibidos.
Y, mientras sientes como encajo en tu cerebro, dejo mi firma
en tu corazón imitando esa Ermita de las Conchas ... aquí estuve yo ... aquí me
quedaré.
La imagen es un recuerdo implantado en mi
memoria.
