Son muchas las noches trepando por los acantilados, subiendo
y bajando rocas, saltando de piedra en piedra en busca de la claridad
incipiente del día, tratando de descubrir la salida del sol y captar la imagen
del amanecer reflejándose en el mar.
Muchas las horas de sombras intentando encontrar
el momento en el cuál, tras todos los esfuerzos realizados, vea deslumbrar un
nuevo día en mi vida, queriendo que ese nuevo despuntar lo sea en todos los
sentidos e incluya esta vez, el calor y la luz que tanto ansío.
Creo que por fin lo he encontrado, el punto
exacto, el momento justo, después de tantos saltos y riesgos; movimientos para
colocarme, mi espalda contra las rocas, las piernas recogidas sobre mi pecho,
en la cara el viento frío que antecede al primer rayo de sol y mi mirada cegada
por los incipientes reflejos de mi deseo.
Raya el alba en el horizonte tornando rosa las
largas faldas de las nubes nocturnas, la luz se va abriendo paso como la sangre
recién nacida sobre el hielo de mi corazón, caliente sobre frío, crece la
alborada sobre esta, ya demasiado, larga noche.
Cuando por fin parece que he hallado ese
caliente, rojo y gran sol me encuentro con que, una vez más, ese amanecer no es
el mío.
Una ironía más de la vida. Me pongo en
pie, y recordando al Cabo Gutiérrez le grito al alba: “esto es un
sindiós” … seguiremos emboscando la noche ...
