Acostumbrado
a mirar al mundo desde la seguridad que le da su balcón acristalado, donde como
en una pecera redonda nada tiene ni comienzo ni final, todo es continuidad y la
única preocupación es la de satisfacer las necesidades básicas para seguir
respirando un día más; no se percibió de que el nivel del agua descendía
poniendo en riesgo su modo de vida y,
lanzándole a la aventura de descubrir nuevos ríos, de luchar contra las
corrientes que te arrastran y donde armonizar la dirección de la sangre en tus
venas con el agua que te lleva, es imprescindible para no desgastarte en una
lucha perdida antes de empezar.
Boqueando en la superficie de la vorágine en que
se iba convirtiendo su vida, debía
sumergirse en la penumbra de la profundidad de ese mar azul, de futuros
inciertos y recompensas luchadas, de derrotas seguras y éxitos inesperados,
miró al fondo, no había luz pero sabía a ciencia cierta que en la superficie
moriría, su destino era entrar en ese mundo incierto para él hasta el momento,
ya no había luz programada, no había nadie que lo alimentase dos veces al día
ni plantita de plástico en su pecera, estaba en el mar, enorme, inhóspito,
desconocido.
Tardaba mucho en decidirse, el sol secaba sus
escamas, el aire quemaba sus branquias, seguía esperando que como otras
veces, alguien lo capturase con la red y
lo devolviese a su pecera, la inmovilidad de su cuerpo obedecía a los dictados
de su obediente racionalidad, su instinto le decía lucha, nada, bucea, VIVE,
pero su mente amaestrada para acudir cuando daban toques en el cristal antes de
ver caer el maná de ese cielo, le
impedía moverse.
Justo antes de que la inanición hiciese de él
alimento para otros, el corazón pudo
sobre la razón, dio un pequeño coleteo y su cuerpo se deslizó hacia la negrura
de la aventura futura, todavía me pregunto ¿era tarde ya o logró vivir?
