Esa es la palabra que define el hueco interior que se obtiene del resultado de un anhelo no alcanzado. Esa sensación de vacío que, de forma paradójica, llena completamente todo el cuerpo y que acompaña a cada paso del día.
Se podrá tratar de llenar los momentos de sonrisas fingidas, de acciones destinadas a ocultar el pesar y el arrastre del ser, deseando que llegue la noche para sumergir la mente en el embotamiento de la droga televisiva, o, aquellos más lanzados, la droga legal que viene en botellines de color marrón.
Cuando la meta está ahí pero no existe al mismo tiempo, no hay una cuesta arriba, no hay un camino que te lleve; solo queda la visión de lo que pudo ser, la visión de un mañana mejor, un mañana completo, inalcanzable pero en el horizonte.
Eso es la tristeza, un vacío que te atenaza los intestinos de la misma forma que antes lo hacía la ilusión, son el revolotear de las mariposas internas en sus estertores de muerte, un vuelo sin rumbo que choca contra los órganos sin orden ni concierto, un repiqueteo interior de esos aleteos sin guía.
No hay cura para la tristeza, cuando esas mariposas por fin mueren y acaba el dolor, se queda a vivir contigo ese vacío, quizás ya no pida la palabra, quizás no se haga oír y cuando alguna vez grite se vea ahogado por las mantas de otras vidas que van cubriendo el frío interno que llevamos con nosotros, pero a veces, cuando uno menos se lo espera le oye quejarse y nota como aunque la vida sea ir poniendo un pie delante del otro no terminamos de hacerlo enteros.
No existe la huida cuando el camino es interior, ni es posible la convivencia de esa sensación con ese sentimiento. Esa terrible veleidad entre el ser y no estar, la alternancia entre el deseo y la desesperanza.
