He vivido lo que vosotros
llamáis fiestas entrañables, he sentido la propagación de lo que debería de ser
la unión de los seres humanos bajo el mismo manto de la creencia, me he
empapado del sentir religioso, imbuyéndome de la espiritualidad del nacimiento
de vuestro dios, he tratado de llenarme de la exaltación de la buena
voluntad.
Y aún a pesar de todos mis esfuerzos no he logrado
sentir todo eso que vosotros llamáis Navidad, lo que he descubierto no es sino
unos días llenos de consumo, de intentos de ocultar la tristeza y el fracaso de
las relaciones humanas, familias que aprovechan para reunirse cuando cualquier
otra fecha con menos alcohol es más propicia para fomentar el amor de la
sangre, amigos que se hablan después de un año de olvido y que se volverán a
olvidar después de esa llamada.
No critico los intentos de
llenar almas errantes, constato el hecho de la imposibilidad del día a día para
hacerlo, gracias una vez más por acogerme en vuestro seno e intentar hacer de
mí un ser más lleno de sentimientos, pero creo que éste no es el camino.
Prefiero la mano abierta del desahuciado por la sociedad que duerme bajo unos
cartones al lado de un litro de vino, acurrucado junto a las pulgas del único
ser que le presta atención, ese perro callejero que comparte sus penas y
alegrías y que cada día rebusca entre las basuras del consumismo social para
poder alimentar su existencia una vez más.
Habría
que mirar más el interior de las personas y tratar de iguales a los que lo son
por ley natural.
